Editorial

La esperanza se agota

La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio

Antoine de Saint-Exupéry

En la pasada edición, refiriéndonos a la crítica situación del país, mencionábamos la desconfianza de amplios sectores de la población en la capacidad de nuestra democracia, instituciones, partidos y líderes actuales para dar respuestas oportunas a las necesidades de la nación.

La explicitud de los reclamos de la juventud, durante el paro iniciado el 28 de abril, nos muestra con dureza esa desconfianza. Unas veces como angustia, otras como consigna estereotipada y, la más de las veces, como desesperanza, apunta su dedo al sistema democrático. Todos, sin excepción, así nos pretendamos indiferentes, alternativos, seamos Gobierno o seamos oposición, tendremos que mirar de frente esa acusación y responder por ello.

Quienes desde el centro político aspiramos a ser gobierno tendremos que dar respuestas viables a las preguntas que jóvenes y ciudadanos se formulan. Le corresponde al centro construir esperanza para la juventud. Empecemos la construcción ahora porque la esperanza, como todo sentimiento, también se agota.

Más allá de lo meramente coyuntural (como la reforma tributaria usada como detonador del estallido social), el petitorio del 28 de abril nos refiere a situaciones irresolutas en el tiempo, apalancadas en el desprestigio de Gobierno e instituciones. Salud, educación y trabajo son constantes vinculadas a frustraciones y anhelos juveniles.

Exclusión, pobreza y falta de oportunidades componen el cuadro de inequidad que se nos revela. Es necesario, desde un discurso alternativo que incorpore posibilidades, entender las manifestaciones de odio que salen a flote. Son esas posibilidades las que le darán vigor a la esperanza. Creemos que la pluralidad de matices, que los extremos ignoran, es una fortaleza de la sociedad en construcción.

Algunos grupos niegan, a través de la consigna pasional y emotiva, toda solución posible a las carencias de la juventud. Esta opción política favorece la aparición de caudillos y salvadores e impide la construcción de una ciudadanía consciente y participativa. El futuro de la juventud, visto como superación de las dificultades, no les parece posible con las instituciones actuales. No se le da oportunidad a la democracia, aun cuando, con frecuencia, ese sea el argumento.

Esta visión panorámica facilitará el foco para interrogarnos y plantear respuestas. La necesidad de encontrar alternativas que permitan situar a los jóvenes en el mismo punto de partida actuará como faro orientador. En los cuestionamientos sobre los mecanismos de inclusión y construcción de equidad esperamos acercarnos al partidor.

¿Cuál es el origen de los desequilibrios en salud, educación o trabajo? ¿Dónde se inician esos desequilibrios?
Eso lo que nos importa buscar. Ese es nuestro punto de partida

El Estado social de derecho se funda “[…] en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general” (CP, artículo 1.o). Amparadas en el olvido de estos preceptos, crecen y se fortalecen las diferencias que hoy nos angustian. Es tarea de los demócratas de este país convertir en fuerza trasformadora la supremacía de la dignidad humana y la prevalencia del interés general.

Para llenar de posibilidades este principio fundacional, nos recuerda la Constitución (artículo 13) que aquí todos nacemos libres e iguales y que, además, le corresponde al Estado promover las condiciones para que esa igualdad sea real y efectiva.

Sembrar en el corazón de cada colombiano estos dos artículos constitucionales (el 1.o y el 13) y dotarlos de profundo contenido político, es el primer paso para ir cerrando brechas.

Una buena explicación de las diferencias que la juventud pide suprimir es la débil apropiación de estos principios: como personas, no hemos asumido la condición fundacional de nuestro Estado social de derecho y, como Estado, estamos en mora de promover acciones efectivas para dar materialidad a la igualdad.

Desde aquí apoyamos toda acción dirigida a facilitar la incorporación de jóvenes a la educación superior y al trabajo digno, pero creemos que las acciones del Estado tienen que ir mucho más atrás, enfocarse en la primera infancia y trascender el otorgamiento de un beneficio puntal y ocasional que cobije a personas en situación desfavorable. Nuestra obsesión es el punto de partida: todos al mismo partidor.

Ser iguales (o ser desiguales) es un modo de ser que se aprende desde la salacuna; también ahí se aprende de la dignidad y del privilegio de lo que es común frente a lo que nos es particular.  Si empezamos a crecer iguales, lo seguiremos siendo en la juventud. Impulsar políticas públicas de desarrollo en los cinco primeros años de vida será fundamental para enfrentar y corregir desigualdades.

No habrá punto de partida igualitario si, pese al avance de los indicadores de vida material, se mantienen criterios de exclusión que deben ser erradicados para evitar que se agote la esperanza.

Queremos, entonces, convertir nuestra obsesión por combatir las desigualdades desde el inicio de la vida en la acción trasformadora que emprenda el próximo gobierno.AD

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