Desafíos actuales de la democracia
en Colombia

Recientemente, en el Hay Festival, Rodrigo Pardo entrevistó a Steven Levitsky quien, en compañía de otro profesor de la Universidad de Harvard, Daniel Ziblatt, publicó en 2018 un libro que se ha convertido en un best seller mundial: Cómo mueren las democracias (Editorial Planeta Colombiana, 2018).

 Eduardo Pizarro

Eduardo Pizarro

Licenciado en sociología, Universidad de París VIII-Vincennes.
DEA en Relaciones Internacionales, Instituto de Ciencia Política de París.
Miembro fundador, director y profesor del IEPRI de la Universidad Nacional.
Presidente de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación.
Miembro de la Junta Directiva del Fondo de Víctimas de la Corte Penal Internacional.
Embajador de Colombia en Holanda.

Libros recientes

De la guerra a la paz. Las Fuerzas Militares entre 1996 y 2108, Editorial Planeta, 2018. 
Cambiar el futuro. Historia de los procesos de paz en Colombia (1981-2016), Random House, 2017.
Las fronteras y la guerra, Editorial Planeta, 2021.

Aun cuando el libro se refiere fundamentalmente al mandato de Donald Trump los autores, que han estudiado las experiencias autoritarias en otras regiones del mundo, sostienen que los sistemas democráticos actuales no están muriendo a partir de asaltos al poder o golpes militares, sino que su debilitamiento comienza con el triunfo en las urnas de un líder con tendencias autoritarias, se agudiza mediante la descalificación de sus oponentes (concebidos no como adversarios, sino como enemigos) y se consolida mediante el control del Ejecutivo de todos los órganos del Estado, quebrando el equilibrio del poder y los contrapesos.

Estas han sido, sin duda, las etapas que condujeron a Hugo Chávez (y a su sucesor, Nicolás Maduro), así como a Daniel Ortega, a convertirse en figuras prominentes de los regímenes autoritarios actuales, en los cuales, sobresalen, además, figuras como los presidentes de Rusia y Turquía, Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdoğan, o los primeros ministros de la India y Hungría, Narendra Modi o Viktor Orbán.

Levitsky y Ziblatt, a partir de la obra de Juan Linz, La quiebra de las democracias (Alianza Editorial, 1978), construyen y proponen una matriz con cuatro indicadores del comportamiento autoritario: 1) El rechazo o la débil aceptación de las reglas democráticas del juego; 2) la negación de la legitimidad de los adversarios políticos; 3) la intolerancia o el fomento abierto a la violencia, y 4) la predisposición a restringir las libertades civiles de la oposición, incluidos los medios de comunicación.

A mi modo de ver, en Colombia existen cuatro tendencias negativas que están alimentando en el terreno político ¾es decir, sin entrar a considerar ni la grave recesión económica ni el deterioro del orden público¾, las corrientes autoritarias que estamos observando en el país.

La polarización política

La polarización política, que el reconocido analista y periodista Moisés Naím denomina la “otra pandemia del siglo XXI”, está afectando la estabilidad democrática y la capacidad de construir agendas nacionales en varios países del mundo: sin duda, la toma del Capitolio en Washington, el 6 de enero pasado, fue la mayor expresión de un fenómeno del cual, hoy en día, escapan pocas naciones de América Latina.

Colombia está envuelta en esta dinámica desde el plebiscito de 2016 y el triunfo del NO, que dejó al país fracturado entre quienes defendían los acuerdos alcanzados entre las FARC y el Gobierno nacional en las negociaciones en La Habana y quienes no estaban satisfechos con el contenido de lo acordado.

Cuadro 1. Plebiscito sobre los acuerdos de La Habana, 2 de octubre de 2016

Fuente: RNEC.

Como es bien sabido, tras el triunfo del NO por un escaso margen de votos y una participación muy reducida, el 37,4 % de potencial electoral (cuadro 1), el Gobierno de Juan Manuel Santos se vio en la necesidad de convocar a los promotores del NO a unas intensas negociaciones con participación de las propias FARC para lograr un acuerdo consensuado y superar el impasse.

A pesar de los grandes ajustes al acuerdo pactado en La Habana, por razones todavía mal dilucidadas ¾al parecer por la imposibilidad de llegar a un consenso respecto del papel y la composición de la JEP¾, el Gobierno decidió cerrar las negociaciones sin un acuerdo final y aprovechar sus sólidas mayorías parlamentarias para aprobar el nuevo texto, el cual fue firmado en el Teatro Colón de Bogotá.

El fracaso de estas negociaciones condujo a una grave ruptura entre el Gobierno y las corrientes del NO ¾las cuales sostienen que, a pesar de haber ganado el plebiscito, les impusieron un texto contra su voluntad¾, que más allá de las razones de unos y otros condujo a un clima envenenado que ha afectado mucho la implementación de los acuerdos de paz y ha dejado dividido el país en torno a un tema estratégico para su futuro.

Este clima enrarecido se agudizó en la segunda vuelta presidencial de 2018. En estas elecciones, la sorprendente votación de Gustavo Petro ¾la mayor de la izquierda en toda su historia¾, generó una reacción de pánico en un sector de las élites políticas y empresariales del país que, a medida que transcurre el tiempo, se ha venido agudizando día a día.

Tal como se puede observar en el cuadro 2, si reconstruimos los resultados electorales para la Presidencia de la República desde el desmonte del Frente Nacional en 1974 hasta las últimas elecciones en 2018, a pesar de los importantes resultados alcanzados por los candidatos de izquierda o centroizquierda en 1990, y más tarde, en los años 2006 y 2010, la votación obtenida por Gustavo Petro en 2018 ha sido de lejos la que más ha acercado al poder a un candidato de izquierda en el país.

Cuadro 2. Resultados electorales, Presidencia de la República

La segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2018 no solo reforzó el malsano clima posterior al plebiscito de 2016, sino que les dejó a sus principales protagonistas, el Centro Democrático y Colombia Humana, una fórmula político-electoral que quieren prolongar en el tiempo: la polarización extrema del país con objeto de dejar solo dos y no más que dos opciones en el terreno electoral.

Es decir, que la polarización se ha convertido en un instrumento conscientemente utilizado por ciertos líderes políticos y especialistas en marketing político para el diseño de las campañas electorales, mediante estrategias fundadas en el miedo, en la amenaza que significaría el triunfo del opositor: ya sea el “castrochavismo”, ya sea el “fascismo neoliberal”.

La polarización política no solo empobrece el debate electoral ya que los insultos reemplazan la discusión programática, sino que puede generar un clima de pugnacidad ¾como la que está viviendo Estados Unidos, donde se comienza a hablar de la amenaza de un “terrorismo doméstico”¾, que puede poner en riesgo la estabilidad democrática y que afecta la aclimatación de la paz en Colombia.

La fragmentación difusa del sistema de partidos y la ingobernabilidad

El intento de polarización política en la Colombia de hoy choca, sin embargo, con una fragmentación del sistema de partidos que puede afectar la estrategia de sus promotores.

En efecto, si observamos tanto lo que ocurrió en Washington con el asalto al Capitolio el 6 de enero de este año o, varias décadas atrás, con el asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, la polarización político-ideológica se vio reforzada en ambos casos debido al bipartidismo dominante demócrata-republicano en un caso, liberal-conservador en el otro. Y, en nuestro caso, debido al lenguaje sectario e intolerante de sus principales líderes.

En Colombia, por el contrario, desde los cambios introducidos en las normas político-electorales en la Constitución de 1991, el bipartidismo dio paso al multipartidismo difuso hoy dominante en el país. Tal como se puede observar en el cuadro 3, en el Senado de la República tienen presencia actualmente trece partidos, movimientos políticos o étnicos y en la Cámara de Representantes 16 (cuadro 4).

Este multipartidismo tiene, por lo tanto, un rostro positivo: afecta la estrategia de la polarización al no estar reducido el campo político-electoral a solo dos fuerzas políticas enfrentadas, siempre y cuando los partidos moderados tengan capacidad de neutralizar la estrategia bipolar.

Pero, a su turno, tiene un rostro negativo: afecta la gobernabilidad democrática debido a la enorme dificultad de conformar mayorías parlamentarias sólidas. En el Senado, el partido de Gobierno, el Centro Democrático (CD), solamente dispone de 19 escaños y la mayoría requerida es de 56 votos. En la Cámara de Representantes, este mismo partido únicamente obtuvo 32 escaños y la mayoría requerida es de 86.

Cuadro 3. Resultados para Senado. 11 de marzo de 2018

*El Partido de la Fuerza Revolucionaria del Común (FARC) cambió de denominación y ahora se llama Partido Comunes.  A pesar de solo haber obtenido el 12 % del umbral mínimo para tener derecho a disponer de una representación parlamentaria, mediante los acuerdos negociados en La Habana se les concedieron cinco cupos para el Senado y cinco para la Cámara.

**Los movimientos étnicos, de acuerdo con las normas electorales vigentes, no están obligados a alcanzar el umbral que se les exige a los partidos y movimientos políticos.

Cuadro 4. Resultados para Cámara de Representantes. 11 de marzo de 2018

El debilitamiento de la confianza en los partidos políticos y el surgimiento de líderes caudillistas

 

Uno de los fenómenos que más impacta a los analistas políticos a nivel global es la crisis de los partidos políticos. Estamos viviendo aquí y allá una pérdida de confianza en la clase política, la cual es percibida por los ciudadanos en muchas naciones del mundo como un segmento de la sociedad con intereses propios muy distantes de las necesidades de la población. 

En Colombia, si nos atenemos a la encuesta realizada por Cifras y Conceptos en octubre de 2020, los resultados son muy preocupantes, pues, tal como como se puede observar en el cuadro 5, la mitad de los ciudadanos, un 47 %, no sienten afinidad por ningún partido. 

Sin duda, Colombia ha sido históricamente un país con altísimas tasas de abstención electoral, pero en los últimos años a esta abstención histórica se está añadiendo una pérdida de confianza en los partidos y en la clase política.

Cuadro 5. ¿Con cuál de los siguientes partidos tiene afinidad?

Lo grave es que los partidos políticos constituyen uno de los ejes fundamentales de una democracia liberal pluralista. Como sostiene un analista político español, “cuando los ciudadanos pierden la confianza en los médicos, acuden a los teguas”. Esta pérdida de confianza es el caldo de cultivo ideal para la emergencia de líderes caudillistas con discursos populistas, ya sean de derecha o de izquierda. 

Agudizamiento de la conflictividad social:

¿la calle versus el Parlamento?

La otra expresión actual de este distanciamiento entre los ciudadanos y los partidos es la agudización de la movilización social en la calle para exigir cambios profundos en la sociedad.

Sin duda, la “calle” tiene aspectos muy positivos: ante todo, es un poderoso termómetro para medir el grado de descontento social existente en una sociedad y los motivos de agravio que resienten los ciudadanos. Por ello, “escuchar la calle” es fundamental para todo gobierno democrático. El estallido social en Chile que, simbólicamente, despegó como un misil un 18 de octubre de 2019 con el aumento de 30 pesos del valor del metro en Santiago, encontró en la Asamblea Constituyente destinada a reemplazar la Constitución vigente aprobada en 1980 ¾en plena dictadura militar¾, un terreno de aterrizaje. Sebastián Piñera tuvo, a su pesar, que “escuchar la calle”.

El aspecto negativo de la movilización social callejera es la enorme dificultad de procesar sus exigencias debido a la heterogeneidad de sus componentes, la ausencia de un liderazgo reconocido por todos y la heterogeneidad de las demandas. La experiencia en Francia con el movimiento de los “chalecos amarillos” es un ejemplo. Lo ocurrido en Colombia otro.

Si la pandemia de la Covid-19 tuvo como uno de sus efectos desactivar la movilización social en Colombia, es previsible que, tras el retorno a una cierta normalidad, esta movilización no solo vuelva, sino que, incluso, puede retornar con mayor explosividad debido a la recesión económica, la pérdida de empleos y el empobrecimiento colectivo, generando otra dura tensión entre la democracia representativa (el “Parlamento”) y la democracia directa (la “calle”).

¿Qué hacer?

En 1903, Vladimir Lenin publicó un libro con este título copiado de una novela del escritor radical, Nikolái Chernyshevski editado en 1862, en la cual el líder ruso planteaba las tareas en el plano organizativo y estratégico requeridas para alcanzar el poder en la Rusia zarista.

Con un sentido radicalmente distinto, nos podríamos preguntar hoy en día qué hace para proteger y profundizar la democracia en Colombia frente a sus amenazas latentes (la polarización y los discursos fundados en el odio y en el miedo, la fragmentación partidista, los liderazgos caudillistas y autoritarios, la pérdida de confianza ciudadana en los partidos y en los políticos, etc.), y avanzar hacia una democracia más participativa y que dé respuestas a las justas demandas ciudadanas.

A mi modo de ver, frente a estos desafíos que pueden erosionar las instituciones democráticas en el país ¾siempre debemos mirarnos en el “espejo venezolano”¾, es indispensable impulsar una sólida corriente de convergencia democrática que contribuya a despolarizar al país y que esté en capacidad de construir unos “acuerdos sobre lo fundamental”, orientados a enfrentar temas urgentes como la dignificación de la política, la aclimatación de la paz y la reactivación económica en la búsqueda de una sociedad más igualitaria y participativa.AG

Es indispensable impulsar una sólida corriente de convergencia democrática que contribuya a despolarizar al país y que esté en capacidad de construir unos “acuerdos sobre lo fundamental”.

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